lunes, 19 de septiembre de 2011

Crisis económica internacional

Crisis económica internacional: lecciones para el debate latinoamericano sobre progreso social

Rubén M. Lo Vuolo[1]

La nueva fase de la crisis económica y financiera internacional que, con epicentro en los países más industrializados, se ha desatado en las últimas semanas, expone claramente cinco cuestiones de especial importancia para el debate latinoamericano sobre el progreso social:

1. La dependencia que tiene el modo de organización de nuestras sociedades con respecto al régimen de crecimiento económico.

2. La contradicción entre el “urgente” ajuste de corto plazo (que perjudica a los grupos más vulnerables) y sus supuestos beneficios de largo plazo (que se resume en la esperanza de retomar el crecimiento económico)

3. La prioridad que debe otorgarse al alcance y “conservación” de ciertos logros básicos para el bienestar.

4. La fragilidad del sistema de protección social organizado en base al empleo mercantil para garantizar el bienestar de las personas en economías globalizadas y sometidas a crisis recurrentes;

5. Los problemas de valorizar y contabilizar la riqueza por su (volátil) precio de mercado.

La crítica al crecimiento económico como medida del progreso social y objetivo de la política pública es uno de los temas más difíciles de incorporar al debate en América Latina por dos razones principales. En primer término, por la histórica volatilidad de los ciclos de crecimiento en región; de hecho, cuando se habla de falta de “sustentabilidad” en la región se alude a la imposibilidad de “sostener” una tasa máxima de crecimiento por un largo tiempo. La segunda razón es coyuntural: la actual fase de crecimiento en algunos países ha reavivado una visión optimista acerca del círculo vituoso que puede desenvolverse entre crecimiento, empleo y bienestar. Difícil plantear que el crecimiento económico y sus costos es un problema a resolver cuando en los países industrializados lo ven como una solución a la actual crisis y en América Latina como la explicación de ciertas mejoras económicas y sociales en los últimos años.

El crecimiento económico no es sólo una estrategia económica sino también política que ha sido adoptada por países centrales y periféricos. El crecimiento económico es hoy una medida de performance de los gobiernos, en tanto genera la ilusión de que “todos ganan” y alivia así el conflicto derivado de las desigualdades económicas y sociales. La crisis pone en cuestión esta apuesta y permite discutir esta estrategia. ¿Es racional tener como objetivo una una tasa máxima de crecimiento económico o más bien el objetivo debe ser evitar, administrar y controlar las “crisis” recurrentes que caracterizan al régimen de crecimiento económico vigente?

Lo anterior nos remite al segundo punto. La crisis pone de manifiesto la importancia de otra cuestión central para el debate del progreso social: la contradicción entre corto y largo plazo. Es común plantear esta contradicción oponiendo al consumo presente la necesidad de revalorizar el ahorro, la inversión y la atención sobre el desgaste y la degradación de los recursos necesarios para la vida de futuras generaciones. Este planteo se debe matizar a la luz de lo que se observa claramente con la crisis de este régimen de crecimiento económico: tarde o temprano el ajuste recae sobre el consumo de los más desaventajados que son los que se ven forzados a generar el ahorro necesario para pagar las deudas acumuladas en la fase de auge.

De aquí se sigue el tercer punto. La crisis expone que el progreso social no es sólo crecer ni tampoco ahorrar, sino hacerlo de un modo que permita contemplar la prioridad de garantizar y “conservar” niveles básicos de consumo. El progreso social no es un ideal de llegada de largo plazo que obliga a postergar el consumo presente de ciertos estándares básicos, sino que los mismos deben considerarse como inversiones imprescindibles para el futuro. Esto incluye evitar que el ajuste frente a las crisis recaiga sobre el consumo de los más desaventajados, problema sobre el cual América Latina tiene mucha experiencia y que hoy se manifiesta claramente en los países centrales.

La crisis también pone en evidencia lo que señalan los estudios acerca de cómo medir el progreso social: los promedios dicen poco y la desigualdad es una dimensión central en la reformulación de los indicadores. La crisis expone claramente que con el actual modelo de crecimiento económico, el ajuste recae sobre el consumo presente de los más necesitados mientras persisten irritantes privilegios de consumo y ahorro de los más favorecidos. Más aún, los grupos más aventajados llegan incluso a beneficiarse con la crisis al tener la posibilidad de especular con el vertiginoso y oscilante cambio de valores de activos y pasivos.

En cuarto lugar, la crisis muestra la fragilidad de la organización del régimen de protección social sobre la endeble base del empleo mercantil. La reducción del empleo y el empeoramiento de su calidad son componentes reiterados de cualquier programa de ajuste frente a la crisis. En los regímenes económicos actuales, el pleno empleo, y sobre todo el pleno empleo en condiciones “decentes” (por usar un término muy difundido) es una utopía que sólo sirve para alimentar esperanzas infundadas de alcanzar progresos individuales. Lo que se vende como un camino para liberar energías creadoras del ser humano, en los regímenes actuales de crecimiento económico para muchos se ha vuelto un instrumento de opresión. Más aún, cuando la alternativa a las condiciones indignas que ofrece el mercado de empleo es la indignidad de los programas asistenciales que manipula el poder político de turno. Aquí se ve claramente otro punto crucial para el debate sobre el progreso social: no sólo importa el acceso a ciertos elementos que garantizan el bienestar de las personas sino también los procedimientos. Tal como están organizadas hoy nuestras sociedades en base al ideal utópico del pleno empleo, el acceso al empleo y a los beneficios de los sistemas de protección social para gran parte de la población significa la pérdida de grados de libertad, de autonomía y de emancipación personal.

La difusión de programas asistenciales para aliviar los efectos de la crisis no resuelve el problema, en tanto están organizados en base a condicionalidades que transfieren la responsabilidad y obligan a las personas a cumplir requisitos que los estigmatizan e involucran en mecanismos de control social. Esto es más grave en América Latina donde abunda el trabajo para la auto-subsistencia y también el trabajo gratuito (predominantemente femenino). La crisis expone crudamente que no todo el trabajo es reconocido por el mercado de empleo, como así también la necesidad de reformular un sistema de protección social organizado sobre el “derecho del trabajador” y no sobre el “derecho de las personas”.

Finalmente, la crisis también pone de manifiesto la insuficiencia del sistema de indicadores disponibles para contabilizar las actividades económicas y sociales. Los sistemas de indicadores y de contabilidad no están adaptados para prevenirl las crisis ni para valuar adecuadamente las diversas actividades que generan riqueza (material e inmaterial). El sesgo actual que privilegia la contabilidad de los flujos corrientes sobre los “stocks” y que mide sólo algunas actividades cuyo precio se refleja en los mercados no es útil para reformular el contenido del progreso social. Hay una urgente necesidad de reformular los sistemas de estadísticas para poder ponderar el “progreso neto”, entendido aquí como una suerte de contra-balance entre lo que se crea y lo que se destruye, entre los flujos y los stocks. Pero también para incorporar el valor del trabajo que no se transa en el mercado.

Sin embargo, hay que tener cuidado con violentar el sistema de “partida doble”. Lo que se suma o resta de un lado de la ecuación, debe tener una contrapartida adecuada. No se trata sólo de restar, por ejemplo, el valor contabilizado de los gastos militares, sino también de considerar el impacto de esa sustracción en el empleo y los ingresos del trabajo en esas áreas. Lo mismo puede hacerse con contabilidades más cualitativas, como por ejemplo el progreso bruto de la construcción de autopistas y automotores para que algunas personas se trasladen, se debería contraponer con las emisiones de carbón y la ausencia de transporte público de alta calidad.

En síntesis, la actual fase de una crisis todavía irresuelta desnuda crudamente la necesidad de discutir los contenidos del progreso social. América Latina debería “aprender” de la crisis y no persistir con regímenes de organización económica y social basados en el reduccionismo que pone al crecimiento económico como objetivo dominante y excluyente de otras prioridades. Los elementos que entiendo imprescindibles para ello son:

1. Discusión de la preferencia de la tasa máxima de crecimiento económico por un crecimiento más armónico y estable que disminuya las probabilidades de crisis profundas.

2. Reconsideración del conflicto temporal entre el corto y largo plazo, con especial énfasis en impedir el ajuste del consumo preente de los sectores más favorecidos para generar el ahorro necesario para pagar deudas.

3. Prioridad de la garantía para toda la población de acceso a niveles básicos de consumo de bienes y servicios sociales de alto valor colectivo.

4. Reformulación de los sistemas de protección social basados en el empleo mercantil, pasando de los derechos del trabajador a los derechos de las personas independientemente de su situación laboral.

5. Reconsideración de los criterios de elaboración de indicadores y de registro de la contabilidad pública, para incluir indicadores que sirvan para prevenir las crisis, registrar trabajo y riqueza valuada inadecuadamente por el mercado, como así también beneficios y costos de los complejos procesos que dinamizan a las sociedades contemporáneas.



[1] Director-Investigador del Centro Interdisciplinario para el Estudio de Políticas Públicas (Ciepp, Buenos Aires) y Presidente de la Red Argentina de Ingreso Ciudadano (Redaic). Su último libro es: “Distribución y crecimiento. Una controversia persistente”. Para contactarlo: ciepp@ciepp.org.ar.

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