viernes, 16 de septiembre de 2011

La Rueda del Progreso

Mariano Rojas

FLACSO-México y UPAEP







José Clemente Orozco es junto con Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros uno de los tres grandes muralistas de México. Orozco nació en el estado de Jalisco en el año de 1883 y murió en Ciudad de México en el año de 1949. Al igual que toda persona, Orozco vivió dentro de una época; su época es la de la Revolución Mexicana, la del México postrevolucionario e industrializador, la de un mundo en guerras, y la de una primera mitad de un siglo estrechamente asociado a la promesa del progreso.

Muchas son las obras de Orozco, destacando el conjunto de frescos que realizó entre 1937 y 1939 en la capilla del Hospicio Cabañas de la ciudad de Guadalajara, en México. Este hospicio, cuyo edificio fue originalmente construido para fungir como albergue para huérfanos, ancianos, y desamparados, y que en la actualidad alberga un instituto cultural, encargó a Orozco un conjunto mural para su capilla principal. Es en este conjunto donde se encuentra una obra significativa para la reflexión actual sobre la concepción y la medición del progreso de las sociedades: La Rueda del Progreso.


Pueden hacerse muchas interpretaciones de una obra.

En este fresco de Orozco vislumbro una concepción de progreso que fue enaltecida durante el siglo XX y que contrasta radicalmente con la visión más humanista del progreso que empieza a emerger en el siglo XXI. El mural nos presenta una rueda industrial, mecánica, fuerte. La rueda avanza, hacia adelante -por supuesto-, pero sin que quede claro cuál es su destino. Pareciera que el movimiento se ha convertido en sí mismo en destino. Este progreso -el mecánico, el de los objetos- deslumbra por su esplendor.

Los colores amarillo, anaranjado y rojo del fondo sugieren que esta rueda ha logrado incluso desplazar al astro rey, aquel que por milenios fue objeto de culto en muchas civilizaciones, y que históricamente ha jugado un papel fundamental en el quehacer de los seres humanos al marcar el ritmo de su actividad.

Esta rueda mecánica tiene propiedades altamente apreciadas por la concepción de progreso del siglo XX: es un objeto sólido y duro, puede medirse su peso, su velocidad y su volumen. Las propiedades cardinales de estas mediciones son evidentes. Los indicadores que se obtienen son precisos y susceptibles de corroboración por parte de un tercero. Estos indicadores son universales e independientes del contexto cultural en el que el progreso tiene lugar, lo cual facilita su comparación en el espacio, en el tiempo y entre culturas. Son indicadores objetivos. Es posible también comparar las distintas metodologías de medición y juzgar su precisión con base en los errores de medición que generan. De esta forma puede utilizarse indicadores objetivos para juzgar las características y el avance de esta rueda del progreso.

Pero este progreso representado por una rueda industrial es un progreso deshumanizado, donde los objetos han adquirido un papel de fin último. Una mirada penetrante nos revela que la rueda de ese progreso –el mecánico, el del mundo de los objetos- pasa por encima de seres humanos concretos y que también están inmersos y son en sus culturas. Estos seres humanos concretos tienen sus valores y sus tradiciones, sus personalidades y aspiraciones, su crianza y sus creencias. Son seres de carne y hueso y que son en su circunstancia. No queda claro hasta dónde estos seres humanos concretos están siendo aplastados y triturados por el progreso y hasta dónde estos seres humanos se han convertido en simples pilares que sostienen la rueda del progreso, en cuyo caso no son más que instrumentos que posibilitan el avance sin destino de la rueda. Ya sea por aplaste o por sostén, los seres humanos han quedado abajo y en la oscuridad, mientras que los objetos han quedado arriba y en el esplendor.

El fresco parece gritar que es el bienestar de esos seres humanos concretos el que debería ser el objeto del progreso. Nos sugiere que la composición debería ser al revés, que el ser humano debe estar arriba, resplandeciendo –acaso de felicidad, acaso de potencial-, mientras los objetos deben ir abajo, jugando un papel instrumental y convirtiéndose en pilares del bienestar humano. Se requiere, para ello, de un progreso centrado en el ser humano, de un progreso que reconozca los atributos de los seres humanos concretos, donde sus valores, su crianza, su cultura, y su forma de ver el mundo y vivir en este sea apreciada y no negada. Este sería un progreso donde el valor de los objetos se derive de su contribución al sostén del bienestar humano.

Se requiere, en consecuencia, de indicadores que midan el progreso en el ámbito de la experiencia de bienestar de seres humanos concretos. Estos indicadores deben ser capaces de incorporar información sobre las aspiraciones y los valores de los seres humanos, sobre sus frustraciones y sus metas, sobre sus pesares y satisfacciones. Las mediciones en el mundo de los objetos –y los largos listados de variables que se generan- son relevantes; pero no debemos olvidar que antes que piezas de idolatría los objetos no son más que pilares del bienestar humano. En otras palabras, el valor de los objetos radica en su contribución al bienestar.

Se requiere, por lo tanto, de indicadores de progreso que midan el bienestar en donde este acontece; esto es: en el mundo de los sujetos concretos. Estos indicadores deben informarnos sobre el bienestar que las personas experimentan sobre su satisfacción con la vida y su satisfacción en todos aquellos aspectos donde ejercen como seres humanos, así como sobre sus logros y sus fracasos, sus gozos y sus sufrimientos, y sus placeres y sus dolores.

Se hace necesario medir el bienestar de estos seres humanos concretos para diseñar política pública y para generar una organización social donde el ser humano y su bienestar sean el fin último del progreso.

En la cúpula de la capilla del Hospicio Cabañas, José Clemente Orozco pintó su obra maestra: El Hombre de Fuego. Quizás este ser humano, centro de toda la obra y situado en el lugar más alto del conjunto mural, represente ese ideal de que el ser humano sea el fín último del progreso, y de que todo el andamiaje sirva para sostenerlo y permitirle brillar intensamente.

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