martes, 27 de septiembre de 2011

La Búsqueda de la Felicidad: ¿Podemos tener una economía basada en el bienestar?

Carol Graham[1]
En las reuniones de la Asociación Americana de Economía de este año que se llevaron acabo en Denver, se desarrollaron los paneles habituales sobre temas que van desde el regimen internacional de tipo de cambio hasta las raíces de la crisis financiera global y las tendencias en el mercado de bienes raíces de Estados Unidos. Más inusual fue una sesión de apertura sobre si las medidas de la felicidad deben sustituir el Producto Nacional Bruto (PBN). Este tema también fue el epicentro de un artículo publicado (con mucho escepticismo) por el diario The Wall Street Journal. Ese mismo mes, el Foro Económico Mundial de Davos organizó un panel similar con Jeffrey Sachs, el que fue alguna vez el niño prodigio de los mercados libres, quien se refirió a la felicidad como el próximo objetivo de las Naciones Unidas para lograr desarrollo en este milenio. El diario The New York Times también escribió un artículo (ya con menos escepticismo) sobre esta última sesión. ¿En qué se está convirtiendo el mundo?
He tenido la oportunidad de participar en ambos paneles (aun me arrepiento de no haber podido esquiar en ambas ciudades). Hasta hace unos cinco años, yo formaba parte de un puñado de economistas que estudiaban la felicidad; hoy en día, se han sumado otros expertos que analizan temas tan diversos como los efectos del tiempo empleado desplazándose de la casa al trabajo en el bienestar de las personas, por qué los impuestos sobre el tabaco hacen más felices a los fumadores, y por qué los desempleados son menos infelices cuando hay más personas desempleadas a su alrededor.
Esta discusión ha pasado de estudios empíricos que intentan entender mejor el bienestar personal, a considerar a la felicidad como un objetivo político. Hace una década, el gobierno de Bután sustituyó al PNB con Felicidad Nacional Bruta. En 2008, la Comisión presidencial de Sarkozy, presidida por dos economistas ganadores del Premio Nobel,, convocó a un esfuerzo mundial para desarrollar medidas de bienestar más amplias. Aunque la comisión fue criticada por conservadores en los Estados Unidos como un "intento izquierdista de hacer que nuestra economía se asemeje a la economía inerte de Francia", el paso más reciente de agregar los indicadores de bienestar a las estadísticas nacionales, ha sido dado por el gobierno conservador, liderado por Cameron, en Gran Bretaña. Adicionalmente, dos de las mayores economías mundiales, China y Brasil, también están considerando la incorporación de estas métricas.
Estos son momentos extremadamente emocionantes para los que estudiamos esta materia, ya que el interés en el tema de la economía y lo que puede haber más allá de esta, abre las puertas a una serie de investigación mucho más amplia. Sin embargo, la transición de estas investigaciones hacia la política también plantea una serie de preguntas aun no resueltas. Las más importante, en mi opinión, son las siguientes: ¿Qué definición de la felicidad es la más relevante y adecuada para la política de un gobierno? ¿Y cómo es que esta definición varía entre las diferentes sociedades?
La necesidad de clarificar esta definición plantea retos conceptuales para aquellos de nosotros que consideramos nuestras encuestas sobre la felicidad como herramientas de investigación. Para propósitos de investigación empírica, nos basamos en una pregunta abierta, la cual por lo general es: "En términos generales, qué tan feliz (o satisfecho) con su vida se encuentra usted?" Las posibles respuestas se encuentran dentro de una escala que varía desde "nada" a " muy "contento. Luego comparamos la variación en los niveles de felicidad basados en información adicional que podemos obtener, como el ingreso de los encuestados, estado civil, edad, lugar de residencia (urbano / rural), situación laboral, y así sucesivamente. Los patrones que encontramos son muy consistentes en todo el mundo a través de los encuestados, incluso en los países de niveles de desarrollo muy diferentes.
Esa consistencia nos permite poner a prueba los efectos de otras variables, tales como el nivel de inflación y/o la naturaleza del gobierno y el régimen del medio ambiente. No le preguntamos a los encuestados si estos fenómenos los hacen infelices. En su lugar, tomamos en cuenta los efectos de variables socioeconómicas y demográficas más estándares (por ejemplo, edad, sexo, ingresos y situación laboral) en la felicidad, y luego comparamos la variación en los puntajes determinados por las variables contextuales.
La felicidad es citada frecuentemente como una dimensión general de bienestar. Sin embargo, los expertos hacen distinciones entre las diversas dimensiones del bienestar. Es entonces cuando podemos comparar los resultados referentes a la felicidad con los que se basan en preguntas diseñadas para medir las dimensiones más específicas de bienestar, tales como los rasgos de carácter innato (afecto positivo y negativo), la satisfacción de vida en comparación con el mejor tipo de vida posible, y el propósito de la vida.
Esto funciona desde una perspectiva de investigación, sin embargo, complica la perspectiva política. La política de un gobierno es impulsada por factores que van desde las normas de los objetivos de bienestar hasta las diferencias culturales. Esos factores, a su vez, influyen en la definición de la felicidad de acuerdo a cada persona y através de diferentes países. Hace siglos, los filósofos se preocupaban por la felicidad. El concepto de Jeremy Bentham sobre el bienestar se basaba en maximizar la satisfacción y el placer de la mayor cantidad de personas a lo largo de sus vidas, es decir, que la gente se sintiera feliz día a día. Aristóteles concebía la felicidad como eudaimonia: "eu", que significa bienestar o abundancia, y "daimon", es decir, el poder de las personas de controlar su propio destino. En la manera más amplia de evaluar la vida, esta es la oportunidad de vivir una vida plena.
En mi próximo libro, sostengo que la dimensión que más les importa a las personas está determinada en parte por la capacidad de estas para lograr una vida con sentido. En la ausencia de esa capacidad -debido, por ejemplo, a la falta de oportunidades o de educación- las personas pueden poner más énfasis en las experiencias diarias, tales como la amistad y la religión. Los que tienen más capacidad tienen más probabilidades de concentrarse en un objetivo o meta mucho más ambiciosa. (Pensemos en el científico que intenta curar el cáncer y sacrifica su tiempo libre al igual que sus relaciones personales a cambio del tiempo que pasa en el laboratorio.) Una amplia gama de estudios en todo el mundo, incluyendo el mío, apoyan esta intuición.
Algunas sociedades pueden sentirse cómodas considerando a la felicidad, como el resultado de la satisfacción, como un objetivo dentro de sus políticas gubernamentales. Otros países, como los EE.UU., cuya Declaración de la Independencia hace referencia a la “búsqueda” de la felicidad y tradicionalmente ha favorecido la importancia de la igualdad de oportunidades sobre la de igualdad de resultados, probablemente escogerían una definición eudaimónica de la felicidad. Sin embargo, prometer felicidad con el propósito de obtener una vida plena, requiere ofrecer a los ciudadanos las herramientas y el agente para conseguirla.
Hay mucho por descifrar antes de que podamos estar de acuerdo en que la felicidad debe ser un objetivo explícito dentro de la política de un gobierno. Sin embargo, muchos países ya están utilizando el bienestar como métricas en los debates políticos. Un paso de bajo costo y de exploración de los EE.UU. sería agregar algunas preguntas de prueba a nuestra rama de estadísticas. Esto a su vez, nos obligaría a pensar mas a fondo sobre nuestras medidas de progreso y si valoramos más oportunidades o resultados, logros a lo largo de la vida o las experiencias del día a día, y si preferimos la salud, el ocio y las amistades en lugar de la productividad y la innovación.
Sin embargo, incluso eso sería un gran paso. Podemos comparar los ingresos entre las personas con un amplio consenso de lo que se pretende medir. Si bien hemos logrado grandes avances en el desarrollo de medidas enérgicas de las distintas y varias dimensiones de la felicidad, todavía no tenemos el mismo tipo de consenso sobre el concepto global que estamos tratando de medir y aplicar como un objetivo de política gubernamental.
En conclusión, la felicidad es un concepto más complicado que el tema de los ingresos. También es un objetivo de política gubernamental más ambicioso. El hecho de que hoy en día los expertos tomen muy seriamente este concepto, demuestra el gran momento por el cual atraviesa en términos de cambios en sus parámetros habituales. En un momento en que muchos de nuestros debates públicos son polémicos y nos dividen, el explorar nuevas herramientas para evaluar el bienestar de nuestros ciudadanos en lugar de enfocarnos en las raíces de estas divisiones es un cambio gratamente bienvenido.



[1]Carol Graham es una Experta Asociada y Presidenta del comité Charles Robinson en el Brookings Institution. Es autora de “La Felicidad en el Mundo: La Paradoja de Campesinos Felices y Millonarios Miserables” (Oxford University Press, 2010) y de “La Búsqueda de la Felicidad: Rumbo a una Economía basada en el Bienestar” (The Brookings Institution Press, 2011)

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